El libro Inteligencia artificial o el desafío del siglo de Eric Sadin se sustenta en un ensayismo catastrófico, que presenta un panorama apocalíptico y sombrío producto del desarrollo tecnológico. Su principal falencia es su mirada determinista y su convicción de que la tecnología sólo existe para dominarnos.
El filósofo francés Éric Sadin es el nuevo escritor de moda entre quienes investigan las relaciones entre tecnología y sociedad. Su último libro, La inteligencia artificial o el desafío del siglo (Caja Negra, 2020), está escrito con un modo parecido a una novela distópica de George Orwell.
Sadin encuentra en el desarrollo de la inteligencia artificial la última operación para la penetración de la vida y las cosas y, por tanto, una transformación técnica total del mundo. Y lo plantea con un tono apocalíptico y hasta terminal: “Francis Fukuyama se equivocó: el fin de la historia no habría advenido luego de la caída del Muro de Berlín en 1989 y del triunfo planetario del liberalismo político y económico, sino que se consumaría hoy a favor de la generalización del uso de la inteligencia artificial” (p. 215).
Otra vez aparece el postulado del fin de la historia, esta vez sería causada por un régimen maquínico que borrará todo vestigio de humanidad. Una perspectiva desoladora.
¿Pero cómo llegamos a esta situación? Según el autor, se fue sucediendo una creciente convergencia entre intereses económicos, un ethos cultural e innovaciones técnicas que tuvieron su impulso inicial en Silicon Valley. De hecho, en su libro anterior, La silicolonización del mundo (Caja Negra, 2018), planteó que el espíritu emprendedor, los proyectos de start-up y las empresas incubadoras es un modo de organizar la vida social y productiva que se fue expandiendo y legitimando en todo el mundo durante las últimas décadas.
Si bien se puede coincidir con algunas de las afirmaciones de Sadin, lo que uno encuentra en general es una mirada sombría y apocalíptica producto de un desarrollo lineal, irreversible e irresistible de una inteligencia artificial que supuestamente anularía la nuestra. Porque este filósofo francés podrá ser bueno la concatenación de bellas palabras, pero confunde las nociones básicas de una teoría (la cibernética), un lenguaje (informático) y un sistema experto (internet). A lo largo de las páginas, va mezclando distintos procesos técnicos, teóricos y operativos para usarlos como sinónimos de la inteligencia artificial.
La sensación que queda al terminar el libro es que “el desafío del siglo” ya fue concretado a favor de un desarrollo maquínico inevitable que pronto nos dominará por completo. Pero vale decir que Sadin reproduce una mirada determinista y apocalíptica que tiene una larga y que recientemente autores como Peter Sloterdijk, Slavoj ZiZek y Byung-Chul Han también han abonado.
En los estudios sociales y culturales sobre la tecnología se puede delinear una larga tradición de un determinismo tecnológico (ya sea apocalíptico o no). Esta mirada pone énfasis en que el desarrollo de un artefacto o sistema técnico produce per se cambios políticos, económicos y culturales. Es decir, distingue a la “máquina” y la “sociedad” como dos elementos diferentes, donde la primera es la variable causal de la segunda.
Entonces, la principal falencia de Sadin es su determinismo tecnológico. Su creencia que la tecnología tiene una trayectoria lineal e inevitable. Todo artefacto o técnica forma parte de un entramado cultural, político y socioeconómico y tiene usos diversos según los diferentes contextos donde se desarrolla. Si bien el autor intenta resolver su falencia alegando que la existencia de una economía ultraliberal planetaria que se basa en una «tecnoideología” que busca colonizar la esencia humana.
Sadin desconoce la historia de los seres humanos se caracteriza por la transformación del entorno mediante artefactos (adoptados o construidos). Nuestra historia es una sucesión de adopciones y creaciones de prótesis adicionales al cuerpo y la mente. Pero este desarrollo no es lineal ni determinista. Es decir, toda innovación técnica necesita de convalidación social para configurar prácticas socio-técnicas que perduren en el tiempo.