Este post es un fragmento de un artículo más extenso publicado en la revista Conversaciones en marzo de 2026.
Introducción
Históricamente, en el campo de la Comunicación de las Ciencias (CC) se ha debatido en torno a un desafío conceptual que atañe directamente a sus destinatarios: la noción de «el público». Gran parte de la CC se ha dirigido a un constructo reduccionista denominado «público general», una etiqueta que homogeniza a una audiencia inherentemente diversa, dinámica y compleja. Esta simplificación, aunque operativa, limita la comprensión de las múltiples dimensiones que configuran a los públicos: sus intereses, valores, formas de interactuar con el conocimiento científico y, crucialmente, sus contextos sociales específicos.
El modo en que se conceptualiza el público influye directamente en las estrategias y formatos empleados; por lo que mantener una visión homogénea y reductora conlleva el riesgo de producir contenidos poco efectivos o incluso excluyentes. Por el contrario, adoptar una concepción pluralista implica entender que la comunicación debe partir no solo del contenido científico, sino de las necesidades y experiencias de los destinatarios.
Incluso este imperativo de la pluralidad de públicos es especialmente urgente en países donde las desigualdades históricas y las asimetrías de poder magnifican la heterogeneidad de los colectivos y configuran modos particulares de interacción con la ciencia. Por ello, aquí se argumenta que para mejorar la interacción con la diversidad de públicos es preciso –siempre que sea posible– tener un acercamiento a los actores y organizaciones sociales (así como sus redes y relaciones) que operan en cada contexto local.
Del déficit cognitivo a la asimetría epistémica
El origen de la investigación en comprensión pública de la ciencia se cimentó en un modelo de déficit cognitivo, que presume que los diversos colectivos sociales no cuentan con el conocimiento necesario para comprender o apoyar la ciencia, y que esta ignorancia es la causa de actitudes negativas o desconfianza. En efecto, su objetivo es promover una alfabetización científica mediante la provisión de conceptos básicos e saber experto. Como se observa, este modelo comporta una visión jerárquica y unidireccional del flujo comunicativo, que va de los expertos hacia los legos.
Este modelo deficitario ha sido cuestionado por su tendencia a reducir la producción científica a fábulas de libros escolares descontextualizadas y por su incapacidad para explicar adecuadamente la racionalidad de las actitudes del público, que no se agotan en la disponibilidad de conocimiento especializado.
En contrapartida, se fue conformando otra perspectiva que atiende a la pluralidad de colectivos donde circula el saber experto. El enfoque etnográfico-contextual trajo consigo una reorientación del problema central de la alfabetización masiva hacia la diversidad de contextos específicos en que se produce el contacto de los ciudadanos con la ciencia. Desde esta perspectiva, el conocimiento científico es solo una de las formas de conocimiento utilizadas en la vida cotidiana.
Ese giro contextualista sustituyó la idea del público concebido como una «entidad homogénea, generalizable» por la de una pluralidad de sujetos dispares. Habrá, por lo tanto, «tantos públicos de la ciencia como circunstancias en las cuales se produzca algún tipo de encuentro» con ella (Cortassa, 2010). Los individuos ya no son vistos como meros receptores pasivos, sino como agentes competentes que se apropian y resignifican determinados saberes y que se vinculan de distintas maneras con los/as especialistas.
La progresiva consolidación de este enfoque contextualizado fue clave para la promoción del diálogo, la discusión y el debate entre ciencia y sociedad. Ya no se trataría solamente de promover una alfabetización científica sino de construir una cultura científica participativa donde expertos y legos puedan lograr consensos sobre los temas y políticas que atañen a la ciencia.
Entonces, el reto de la comunicación no es negar esta asimetría epistémica entre expertos y públicos, sino articular en un mismo marco de análisis las dimensiones cognitiva y cultural del fenómeno, facilitando estrategias que hagan posible el diálogo a pesar de la desigualdad.
Conocer a los diversos públicos
La investigación sobre los públicos de las ciencias refuerza la necesidad de una conceptualización pluralista, distinguiendo audiencias por sus intereses concretos, valores, nivel educativo, contexto y modalidades de interacción. A su vez, proliferó la idea de que el público no es un mero receptor pasivo, sino que los colectivos sociales también participan, a su manera, de la conversación sobre temas científicos.
El análisis de los públicos de las ciencias no puede presuponerse a priori como una entidad general y abstracta, sino que hay que considerar sus necesidades e intereses según su contexto. Y más aún si se tiene en cuenta la compleja estructura de poder que rige la producción y circulación global del conocimiento.
Entonces, el interrogante crucial para la CC es cómo articular con públicos tan diversos en un contexto asimétrico. Quizás la respuesta sea profundizar el conocimiento de los distintos colectivos sociales que pueden estar involucrados con la práctica científica y el saber experto. Es decir, mapear a los agentes que intervienen y direccionan la actividad a los distintos colectivos que participan activamente del flujo de comunicación tecnocientífica. Esta especie de mapeo de actores permitiría comprender sus expectativas y necesidades respecto al saber experto, ya que los públicos no son individuos sueltos, sino que están entramados en colectivos agrupados por intereses, niveles educativos, ocupaciones y condiciones socioeconómicas.
El análisis de los públicos del sur global revela que la diversidad no es solo cultural o cognitiva, sino intrínsecamente ligada a la desigualdad y la estratificación social. La evidencia confirma que los públicos de las ciencias son «muchos y diferenciados». Los indicadores de interés, consumo informativo y participación cultural están estrechamente asociados a factores de diferenciación social, como el capital escolar y el estatus socioeconómico. En Argentina, el perfil del «público atento» se asocia fuertemente con la educación y el nivel socioeconómico. Y esta realidad genera una desigualdad informativa –capacidad desigual para buscar, recibir e interpretar información compleja y especializada– que se acrecienta particularmente en un sur global signado por la injusticia y la inequidad. Por ello las prácticas de CC tienen que ampliar sus acciones dirigidas a segmentos poco atendidos (comunidades rurales, adultos mayores, personas con discapacidad, etc.), ya que la mayoría de las acciones se centran en niños y jóvenes en el sistema escolar.
Conclusiones
Superar la noción simplista de «público general» le permitiría a la comunicación de las ciencias comprender que la interacción con la ciencia está estructurada por una asimetría epistémica y una estratificación social. Ello exige que la comunicación cuente la producción de hechos científicos en su determinado contexto para que ello promueva la participación informada y la toma de decisiones fundamentada respecto a los temas y políticas de la ciencia.
Resulta preciso trascender la mera divulgación de conocimientos para incorporar la discusión sobre las dimensiones políticas, económicas y culturales involucradas en la construcción y aplicación del conocimiento. La principal brecha entre la comunidad científica y el resto de la sociedad no es sólo cognitiva sino especialmente de confianza. Por lo que no alcanza con difundir saberes expertos a supuestos individuos deslocalizados, sino que es preciso fortalecer la confianza y la legitimidad de las instituciones académicas.