Los desafíos emergentes de la Inteligencia Artificial

El 2022 será recordado como el punto de quiebre para el crecimiento de la inteligencia artificial. Tanto es así que incluso la Real Academia Española la catalogó como la palabra del año. Esto se debe a que esta tecnología dejó de ser utilizada solamente por expertos y desarrolladores y ahora está al alcance de millones de personas que ya están experimentando con la creación automatizada de imágenes, videos, audios y textos.

Ciertos programas –como ChatGPT, Midjourney, Dalle-E o StableDiffusion– se han masificado, entrando en el debate público sobre sus implicancias para la cultura, la educación, el periodismo y otros ámbitos de la vida social. La posibilidad de que una tecnología digital cree por sí misma textos o imágenes problematiza sobre la autenticidad de las creaciones, los derechos de autoría, la validez o veracidad de los contenidos, las formas de integrarlo en la educación y la ciencia y hasta el “mito de la creatividad” humana.

El caso más resonante estos días es sin dudas el de Chat Generative Pre-trained Transformer (ChatGPT), un generador de textos que puede ensamblar información y fabricar oraciones gramaticales coherentes en diferentes idiomas. Debido a su capacidad para organizar los datos e interactuar con los usuarios resulta dificultoso distinguir sus textos de aquellos producidos por los humanos, lo que genera desafíos emergentes para las escuelas y universidades.

Lo inquietante de este proceso es que estas innovaciones tecnológicas están todavía en una fase inicial, lo que implica que seguirán mejorando y aprendiendo de manera autónoma con el paso del tiempo. Por lo que es probable que estemos yendo hacia un escenario cultural conformado por textos, imágenes y sonidos híbridos, creados a partir de los comandos y decisiones que los humanos le indican a un software, o bien por contenidos creados exclusivamente por herramientas de la inteligencia artificial.  

Un ejemplo de este tipo de producciones es lo que ya está sucediendo en el mundo académico, donde un chatbot creado con inteligencia artificial figura como co-autor de artículos científicos. Esto generó que editores de revistas y revisores de artículos comiencen a debatir la inclusión de estas herramientas de IA en la literatura científica, y si es apropiado citarlas como autoras, debido a que no puede asumir la responsabilidad por el contenido e integridad del paper. Incluso ante la consulta si puede ser citado en un trabajo académico, el propio ChatGTP responde que no es una fuente original de investigación. Aunque sus respuestas certeras no dejan de inquietarnos…

La IA en la educación

Los posibles usos e implicancias que pueden tener este tipo de tecnologías ya suscitan discusiones en el ámbito educativo. ¿Acaso ahora los estudiantes harán sus trabajos mediante estos programas de IA? ¿Qué harán los profesores al respecto? ¿Están preparados para detectarlos?

Promover usos creativos del software de inteligencia artificial puede ser una manera de potenciar el pensamiento crítico entre los estudiantes. Ello implicará repensar las formas de trabajo dentro del aula, los métodos de producción textual, los criterios de evaluación, para que en las aulas se pueda transmitir y generar conocimiento de manera individual y colectiva, aprovechando la potencialidad de estos sistemas.

Obviamente que esto no es sencillo de implementar y que, a su vez, requiere de un aprendizaje de los profesores y una reinvención de la labor docente. Pero constituye una opción más valiosa que la de negar las innovaciones técnicas o prohibir su uso.  Porque las escuelas y universidades no pueden ser ajenos a los continuos re-ensamblajes socio-tecnológicos que dinamizan la historia cultural.

En definitiva, el interrogante en torno a qué hacer en las aulas con estas innovaciones en inteligenciar artificial no deja de ser la pregunta sobre qué tipo de relación establecen las personas con las tecnologías que disponen. Y ello implica tener en claro que las formas de utilización de un artefacto tecnológico varían según las personas, el contexto y lugar. La historia de las tecnologías de la comunicación demuestra que no existen usos universales predefinidos ni usos reproductivos. Y seguramente este caso no será la excepción.