La automatización no implica menos trabajo

Las discusiones en torno a que el desarrollo tecnológico reemplaza el trabajo de las personas vienen de larga data. La respuesta inmediata refiere a que la tecnología generaría la pérdida de empleo debido a la automatización de las tareas. Incluso estos debates se han actualizado recientemente a partir de la integración de la inteligencia artificial en cada vez más funciones de los ámbitos educativos y laborales.

Ahora bien, un análisis más detallado indica que no necesariamente el desarrollo tecnológico reduce el trabajo humano. Sino que, en su defecto, reemplaza algunas actividades por otras o impulsa la creación de nuevos tipos de empleos. O también, en el ámbito doméstico, modifica los tipos de actividades, aunque no la cantidad de horas destinadas a ello. Esa es justamente una de las ideas para interesantes que Helen Hester y Nick Srnicek intentan demostrar en su libro Después del trabajo. Una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre, editado recientemente por Caja Negra.

Los autores sostienen que la creación de artefactos para la manutención del hogar no significó un intento de ahorrarles tiempo y trabajo a las personas dedicadas a las tareas domésticas (principalmente mujeres). En su defecto, implicó una reconfiguración de las actividades y una elevación de los estándares de nutrición de las familias y de la higiene del hogar. Para confirmarlo recurren a la paradoja detectada por Ruth Schwartz Cowan: la integración de tecnologías en el hogar no redujo la cantidad de trabajo doméstico.

Esto se debe a que una innovación técnica por sí sola no reduce el trabajo. Porque siempre está inserta en un sistema socio-tecnológico que configura sus formas de uso. Y, en este caso, la creación de artefactos (como heladeras, lavarropas, lavavajillas o microondas) no significaron menos tiempo de trabajo, porque estuvieron acompañados de cambios en las normas y las expectativas sociales sobre la limpieza hogareña y la preparación de alimentos. “Cuanta más tecnología de limpieza entra en el hogar, tanto más limpia se espera que esté la casa”. Del mismo modo, si se tecnifica más la forma de cocinar los alimentos, crece también la demanda por comer platos más sofisticados.

Estas transformaciones culturales implicaron que el tiempo promedio dedicado al trabajo doméstico no disminuya durante el periodo 1870 y 1970. A pesar de la aparición de nuevos artefactos para limpiar y cocinar, el promedio se mantuvo en 52 horas semanales en diferentes países. Helen Hester y Nick Srnicek atribuyen esta paradoja a que los artefactos domésticos no fueron creados para automatizar el trabajo sino para reducir el tiempo dedicado a algunas tareas puntuales. “El deplorable impacto de estas tecnologías en gran medida radica, entonces, en el imaginario social que orienta su creación, su implementación y su uso”.

Por supuesto que el libro, tal como su nombre lo indica, habla sobre otras temáticas relevantes, como la disposición del tiempo libre y la posibilidad de construir una sociedad post-trabajo. Sin embargo, rescato este análisis sobre las transformaciones de las tareas domésticas ya que es un buen ejemplo para discutir los diseños y usos de los artefactos. Esto es, sobre el hecho de que la automatización de tareas no implica necesariamente una reducción del trabajo humano.